Cuento

El himno

Iván L. Oliva

Después de haber librado no menos de veinte batallas contra ejércitos más numerosos, en el ocaso de su vida -cuando el tiempo ya había teñido de un plata intenso su bigote, antes extremadamente negro- el general Porfirio mandó llamar al más importante trovador del pueblo. Éste, al enterarse de la convocatoria, no se alegró, sin embargo, no tardó en llegar al salón del castillo.

Cuando la servidumbre vio acercarse al trovador, las puertas del castillo se abrieron de par en par. Uno de los sirvientes, hablando con la voz muy baja, le indicó que pasara y lo condujo en silencio hasta llegar a la puerta del salón principal.

—Entre. Lo espera en el interior —susurró el sirviente como si temiera generar eco en aquel enorme palacio.

Entró el trovador con las manos sudorosas por los nervios. El salón, que era enorme, lo recibía con sus candelabros encendidos. Al fondo, el general lo esperaba reflejando un dolor que hacía que se frotara la mejilla izquierda a cada momento.

La orden vino. Se rompió el silencio que habitaba en el salón.

—Siéntese, por favor —dijo el general Porfirio—. Sé que los cantos perduran en la historia. Que ensalzan al pueblo. Sé, aunque no lo parezca, que hay cantares que han perdurado por varios siglos; que han existido muchos héroes y que son estudiados por lo que lograron; que un país crea su identidad basándose en las victorias de sus grandes mandos. ¿Comprende lo que quiero decir?

—Lo comprendo —contestó el trovador.

—Qué bueno que lo entiende. Quiero que mi historia quede inmortalizada; que las generaciones siguientes sepan que este progreso que he extendido por todo el país fue por ellos y para ellos. Y no hay mejor cosa que una canción.

El trovador, cuando escuchó la petición del general Porfirio, fijó los ojos en su interlocutor. La tarea que le había impuesto sería opuesta a lo que él creía. Afuera, el país ardía en guerra y él no compartía los ideales que habitaban en el palacio.

—Le daré tres días con sus noches para preparar la canción. La noche del tercer día quiero que esté de vuelta con ella —dijo el general Porfirio.

—Sí. Cuente con eso —contestó el trovador.

Dos sirvientes fueron llamados por el anfitrión y condujeron al trovador a la salida ya con algunos versos pensados para la canción. Pasaron las noches y se presentó en el castillo y sin tanto preámbulo sacó su guitarra y empezó a cantar.

Al escucharla, los sirvientes que no tenían ninguna instrucción escolar agitaban sus cabezas replicando los movimientos de su amo. El general Porfirio movía lentamente su cabeza saboreando la tonada y las palabras de su canto. Cuando terminó el trovador, el silencio volvió al salón. El General entonces dijo:

—Su canción es perfecta. Ha plasmado todo lo que he querido. El orden, el progreso. Me encanta su visión de los ferrocarriles en el país. Su música tiene las más bellas notas; sin embargo, no tiene alma.

El trovador se quedó mudo y no supo qué contestar.

—No se preocupe, muchacho —dijo el general Porfirio—. Sé que puede mejorarla. Regrese en tres noches.

El trovador salió del salón del palacio y resopló como si hubiera descargado toneladas de tensión. Pasaron las tres noches y regresó.

Cantó la canción nuevamente con algunas modificaciones en la letra. Ciertos pasajes que el general Porfirio vivió fueron plasmados en la canción y esto hizo que algunas lágrimas escurrieran por los pómulos del general. Cuando terminó la canción, el trovador vio cómo esas lágrimas recorrían las mejillas del anfitrión.

—Bonita canción que me hizo llorar, muchacho, pero sigue haciendo falta algo de mi humana persona. Regrese en tres noches.

Cuando dijo esto, el general Porfirio dio la vuelta y dejó solo al trovador en el salón. Sin poder decir nada, éste salió solo, ya sabiendo cómo iba a modificar la canción. Regresó en la noche indicada y entró directo sin que nadie lo guiara. Cuando estuvo en el salón, sin demora, empezó a cantarla. En ella plasmó no solo las guerras, el orden y el progreso, sino que se adhirió la vejez, el peso de la historia que ya había construido, el amor a la patria y la soledad del poder.

Todos estos versos calaron en los huesos al general Porfirio. Conmovido por la letra, pero con el orgullo militar intacto, no quería que se perdiera en el caos revolucionario que se vivía, así que resolvió transcribir la canción y guardarla. Mandó llamar a su secretario particular.

—Tome usted, Chousal, esta caja que será sellada cuando usted termine de transcribir la letra y guárdela en el archivo privado.

—Y para usted, muchacho, tome estas monedas de plata. Su pago por tan hermosos versos.

—Gracias —dijo y salió.

Ya afuera del palacio vio las monedas con odio y asco y las esparció por todo el camino donde andaba. Llegó a su piso y en ese momento supo que el final de su vida ya estaba cerca.

Los siguientes días los pasó encerrado como queriéndose esconder de las personas que lo apreciaban. Tomó su guitarra y quiso entonar la canción que había escrito, pero le llegó el aborrecimiento y rompió su instrumento. Sintió que su bolsillo interno de la levita le pesaba. Buscó lo que traía y era una moneda de plata del pago que le habían hecho y la encerró en su puño con fuerza. En su mente repetía el discurso de su dirigente “Al conquistar nuestras libertades hemos conquistado una nueva arma; esa arma es el voto” —y yo quiero ser libre— lo gritó con ira.

En la mesa, como un destello de su deseo, vio su Colt, que había cargado desde el momento que se unió a las filas de los revolucionarios y como acto de redención, buscó su corazón con la punta de su Colt y antes de accionar el gatillo gritó como en el paredón: Al conquistar nuestras libertades hemos conquistado una nueva ar…No necesitó más, un disparo directo lo dejó fulminado y la moneda que yacía en su mano, salió rodando por el piso.

Del general Porfirio, días después, se supo que se fue al exilio y en el exilio encontró el olvido y luego la muerte.

Sobre el autor

Iván L. Oliva

Iván L. Oliva nació en la Ciudad de México en mil novecientos ochenta y tantos. Es egresado de la facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UnAM). Es admirador de lo fantástico borgeano; leal y cortesano lector de novelas de caballería y actualmente se encuentra terminando sus estudios de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

Comentarios

Conversación

Tu comentario será revisado por el equipo editorial antes de publicarse.

Tu correo electrónico se utiliza únicamente para la gestión y moderación de comentarios. No será publicado.