Cuento
El fin del mundo, la muerte, el juicio final, el más allá, el destino último
Un lunes tomé carretera. Entre Tehuacán y Cuicatlán encontré neblina, el sol naciente estaba traspapelado, opaco. A mis costados, de color indefinido, estaban los recuerdos en forma de cactus: espinas y órganos.
Un lunes tomé carretera. Entre Tehuacán y Cuicatlán encontré neblina, el sol naciente estaba traspapelado, opaco. A mis costados, de color indefinido, estaban los recuerdos en forma de cactus: espinas y órganos. Tetechos con coronas de flores blancas esperaban atentos a que el peso del aire se reventara contra mi parabrisas.
La voz me visitó. Para apagarla debía cerrar los ojos. No lo hice en ese momento, sé que debí hacerlo para matarme en sus curvas. No tuve el valor para extirpar sus palabras, era lo único que me quedaba. Con la mano izquierda sostuve el volante, con la otra delineé la voz, su contorno. Acentué sus palabras ahí donde me más dolía; cuando terminaron de morderme se rio de mi último poema. En el espacio donde iría su cintura creí sentir su cariño tenue. No había nada. Nunca hubo, me repitió.
El sol por fin venció con frenesí a la niebla del amanecer, se azotó por las ventanas. No había manera para defenderse de él. Una niñita que volteaba desde un auto que alcancé, me mostró el dedo medio; en el espejo descubrí la mirada de un padre admirado por la crueldad y la inteligencia de su hija.
La voz regresó y me mostró los dientes, continuaba furiosa. Ahora se ayudaba con el cuerpo y estiraba sus dedos para reclamarme. Estaba fuera de su control. Del vacío donde debería estar su boca se lanzaron, en lugar de palabras, fuegos y tal vez flores marchitas, o algo que no supe que era, parecido a las coronas fúnebres olvidadas en las capillas ardientes.
Atento al camino rebasé el coche de la niña cruel y así se perdió el equilibrio del camino. Aceleré hasta la siguiente curva que dividía un puente en dos estados: volé en línea recta. La voz y su sentencia se unieron como ondas sísmicas a las otras voces que nunca importaron. Caí y caí y sigo cayendo.
Sobre una larga mesa me reconstruyeron, ya sin sangre, un grupo de entes neutros. Me quedó el rostro serio, como corresponde a un tipo extraviado. Recordé a la voz pidiéndole a los autos que hicieran sonar sus bocinas para no escucharan mi poesía a punto de morir; también a una parvada que echó a volar de entre los árboles oscureciendo el día y, al mismo tiempo, entonando canciones por mis entrañas.
Estoy aquí hecho una paleta de hielo sin poder echarme más a perder; pero con cierta voluntad de esperar a la primavera para recordar el corazón y el olor de la mujer que poseía aquella voz que iluminaba todo, sólo para que el mundo sea de nuevo perfecto y comprensible, y no esta armoniosa y bella cagada.

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